3.1.07

Jugando con Eva

La última partida










Hace cosa de seis meses me encontré a tu hermana por la calle y le pregunté por ti con mucho cariño. Con el cariño que se tiene a las grandes expectativas que se tuvieron y no se cumplieron, en un pasado no demasiado reciente. Me dijo que ya no tienes ganas de jugar a nada. Me vino a decir, parafraseando el recuerdo de tus palabras, que te has parado demasiado a pensar, que pretendías ser demasiado consciente de lo que es estar viva y, mientras teorizabas lo que todo eso conlleva, te ibas olvidando de vivir. Supongo que quieres, o en el mejor de los casos querías, huir de la vida, que de pensar tanto en ella le tomaste miedo. Me atrevo humildemente a invitarte de nuevo a jugar y a recordarte, por si lo has olvidado, las normas de un juego que no siempre acaba cómo y cuándo una pensaba o querría en un primer momento pero que, como el sexo, no deja de ser más que una forma de comunicarse, de intercambiar, de compartir algo muy íntimo que tiene su gracia, justamente, en que no sabes hacia dónde te va a llevar.


No te lo vas a creer pero, por una de esas extrañas coincidencias de la vida, hace tres días fui a una cena al restaurante de unos amigos y una de las invitadas era Concha. Estaba muy cambiada, no sé decir exactamente en qué, pero ya no me pareció la misma novia florero de entonces. Se sentó a mi lado en la mesa y estuvimos hablando muy animadamente con el grupo de gente más próximo durante toda la velada, aunque nadie propuso jugar a nada. Bebimos un albariño riquísimo que al final de la noche se nos había subido un poco a la cabeza a todos los presentes. En medio de risas, cachondeos y recuerdos del pelo largo, Concha me recordó nuestro fin de semana en Ourense e hizo referencia al juego de la verdad. Guiada por la curiosidad y los grados, le conté mi vivencia de los hechos y me animé a preguntarle directamente qué era lo que ella había pensado aquella noche, y a quién había deseado. Me pareció que describía con cariño y nostalgia una situación en la que yo no había participado, evitando inteligente y amablemente responder a mi pregunta. Cuando me marchaba se ofreció a llevarme a casa porque ella también tenía que madrugar. Al día siguiente salía para Roma de vacaciones muy temprano con su hijo. Cuando nos despedimos delante del portal con los dos besos de rigor, su boca rozó levemente mis labios. Subiendo en el ascensor, mientras esperaba que se abriese la puerta en el undécimo piso, me miré a los ojos en el espejo y me descubrí una mancha de carmín en la cara. Buscando el pañuelo en el bolsillo, me encontré doblada una servilleta del restaurante. La abrí para limpiarme y me encontré escrito tu nombre. Al final resultó ser uno de esos juegos que dan tanto de sí a la vida social. Supongo que fue el único pensamiento acertado que tuve aquella noche.

8 comentarios:

pazzos said...

En el juego infantil de Verdad o Consecuencia siempre se mentía. Por las posibles consecuencias, claro.

VANESOLO said...

Desde luego. Yo mentía como una bellaca cuando me interesaba.

El detective amaestrado said...

Una ex novia es un arma cargada, te lo juro

VANESOLO said...

Efectivamente hay de todo en la viña del señor

anilibis said...

Espero que al menos eso te arrancase una sonrisa, aunque fuera de pura desidia. Parte del juego de la vida es saber reírse de uno/a mismo/a.

Besos.

VANESOLO said...

Totalmente de acuerdo

beren said...

Deseando estoy de que nos escribas algo más. Que ya sabes cómo te echo de menos desde Pamplona y esos retazos de ti que escribes servirán para aplacar mi morriña de ti

VANESOLO said...

Lo voy a intentar. Pero ya sabes que esto es una afición, entre tantas otras que me has pegado, y no tengo tanta creatividad ni talento como para ser muy asidua

Yo si que te echo de menos guapetón que desde que te has ido ya no hay música (entre otras cosas)